Gracias a ella surgieron algunos de los inventos más destacados de la historia: Johannes Gutenberg y la imprenta de tipos móviles para reproducir libros en masa, Henry Ford y el sistema de producción en cadena del modelo T y los hermanos Wright con la creación de la primera aeronave controlada cuya inspiración vino de la observación del vuelo de los pájaros.
Estos tres casos, únicos y trascendentales para la sociedad, partieron –como otras miles de creaciones– de una hoja en blanco o idea disparadora. Fue la capacidad creativa de Ford, Gutenberg y los Wright lo que les permitió encontrar soluciones donde otros encontraban impedimentos.
“La diferencia entre una persona creativa y una que no lo es radica en que la primera encuentra posibilidades donde la segunda ve límites”, simplifica la neuropsicoeducadora y neuro master trainer, Jackie Delger, sobre la habilidad que es innata al ser humano, pero cuyo desarrollo varía según cada individuo.
“La gran brecha entre ellos no es tanto genética, sino neuronal”, anticipa. Quienes son altamente creativos, explica, cuentan con una mayor flexibilidad cognitiva por lo que su cerebro es capaz de saltar entre diferentes formas de pensar –pasando de lo lógico a lo imaginativo con fluidez–. “Tienen más conexiones entre la red por defecto y la red ejecutiva, lo que les permite soñar y, a la vez, aterrizar esas ideas en acciones concretas”, dice Delger. Y añade que, como presentan menos filtros inhibitorios, dejan entrar ideas poco convencionales que otros descartarían.
Considerada por algunas de las instituciones académicas más prestigiosas como la “habilidad de la supervivencia”, la creatividad es la llave maestra que permitirá –en una era en la que la inteligencia artificial (IA) amenaza con reemplazar la labor humana– defender el último bastión de nuestra identidad: la capacidad de crear lo inesperado.
No en vano universidades como las de Yale, Oxford y Harvard ofrecen diplomaturas y cursos especializados en el desarrollo de la creatividad. Las corporaciones exigen en sus búsquedas colaboradores con design thinking, metodología de varios pasos que se usa para resolver problemas complejos de forma creativa. Y aún más significativo es que la Organización de Naciones Unidas (ONU) designara el 21 de abril como el Día Mundial de la Creatividad y la Innovación.
Erróneamente asociada a personalidades con dotes artísticos, la creatividad no se limita a una especialidad ni tampoco es un fenómeno exclusivo de las grandes mentes de la historia. Puede darse en cualquier persona y con manifestaciones que van desde fórmulas matemáticas para resolver enigmas cotidianos, hasta ingenio y “viveza” para acortar tiempos.
“Las personas creativas tienen en común características como la curiosidad, la imaginación, la capacidad de percepción (sensibilidad sensorial, emocional-mental), la observación y análisis, la capacidad de improvisar y resolver problemas de manera eficiente y alternativa”, destaca Carolina Lomlomdjian, médica neuróloga del Hospital Universitario Austral.
Mariana Kerestezachi, licenciada en Psicología y terapeuta familiar sistémica, añade que las personas con alta “apertura a la experiencia” tienden a sentirse cómodas con la ambigüedad y no son conformistas: desafían las normas establecidas y esto, señala, las vuelve más propensas a pensar ‘fuera de la caja’.
Pero si del mecanismo de la creatividad se habla, la doctora Andrea Abadi, directora del departamento infanto-juvenil de Ineco, explica que esta capacidad emerge del acoplamiento entre tres grandes redes: la red neuronal por defecto (implicada en la imaginación, memoria episódica y combinaciones semánticas remotas); la de control ejecutiva, que regula la planificación, la selección de ideas y la inhibición de lo automático; y la red de prominencia que, informa, funciona como un sistema de conmutación, facilitando la transición entre las primeras dos.
Además, Lomlomdjian aclara que, frente al mito que sostiene que la creatividad es un proceso exclusivo del hemisferio derecho del cerebro, hoy se ha demostrado que se requiere de un procesamiento bilateral, es decir, de ambos hemisferios.
Respecto de otra fuerte creencia, confirma que la niñez y adolescencia son dos etapas claves para el desarrollo de la creatividad dadas la curiosidad, el descubrimiento del mundo y el juego, que permiten explorar respuestas.
Luego, a medida que pasan los años el pensamiento creativo se complejiza y puede sistematizarse en la vida adulta. No obstante, la neuróloga explica que se han hecho estudios clínicos y de resonancia magnética funcional en adultos mayores para analizar su capacidad de resolución de problemas y de conectividad cerebral que demostraron que, si bien pueden ocurrir cambios con la edad –como menor flexibilidad mental y mayor procesamiento semántico o de conceptualización–, la capacidad creativa se mantiene.
Otro factor que se destaca es el de la emocionalidad. “Las emociones ejercen un papel modulador en la creatividad. La alegría, la ilusión o la esperanza amplían el campo atencional y favorecen el pensamiento divergente”, explica Kerestezachi. “Por el contrario, emociones como la tristeza y el miedo suelen tener un efecto ambivalente. Pero, mayormente, tienden a estrechar el foco atencional, bloqueando la creatividad”, informa.
Académicos como la estadounidense Teresa Amabile han demostrado que los contextos que permiten la autonomía, toleran el error y fomentan la curiosidad son los que más favorecen la producción de ideas creativas.
Si bien puede haber frustración cuando las ideas no fluyen o hay un bloqueo creativo, en general el resultado está asociado a una mayor satisfacción. “La liberación de dopamina activa los circuitos de recompensa, lo que nos hace sentir más motivados y contentos cuando logramos una idea nueva”, agrega Kerestezachi.
Graham Wallas, educador, funcionario público y politólogo británico, escribió El arte del pensamiento, un libro en el que presenta cuatro etapas del proceso creativo: preparación, incubación, iluminación y verificación, revelando que la creatividad auténtica combina disciplina mental con momentos de intuición inesperada.
De acuerdo con el autor, en la primera fase se investiga un problema en todas las direcciones y se acumulan recursos intelectuales para construir nuevas ideas; este es un proceso consciente. Hacia la segunda fase, la de incubación, Wallas propone tener una inactividad consciente respecto al problema que se intenta resolver: “A menudo podemos obtener más resultados al comenzar varios problemas en sucesión y dejarlos voluntariamente sin terminar mientras nos dedicamos a otros, que al terminar nuestro trabajo en cada problema de una sola vez”.
La etapa de iluminación es aquella en la que, al retomar el problema, la idea/solución surge de forma súbita e inesperada. No obstante, la culminación se da en la cuarta y última fase que es la de verificación. Esta, a diferencia de las anteriores, comparte con la primera el esfuerzo consciente y deliberado para comprobar la validez de la idea. Sobre ella, Wallas señala que exige disciplina, atención, voluntad y, en consecuencia, trabajo consciente.
El momento eureka
Es la cima de la fase de iluminación y su nombre proviene de la famosa exclamación del físico e ingeniero griego, Arquímedes, que exclamó “¡eureka!” cuando descubrió el principio de flotación al meterse en una bañera.
Los estados mentales y los ritmos biológicos, sostiene Kerestezachi, tienen una fuerte impronta en el flujo de creatividad. “Esos momentos de menor vigilancia atencional, como cuando recién nos despertamos o estamos cansados al final del día, pueden facilitar la aparición de ideas originales. En esos instantes, el cerebro está menos rígido y la red de modo por defecto gana protagonismo, conectando asociaciones inesperadas”, explica.
Según Kerestezachi, esto se debe a que el “momento eureka” surje en sitios inesperados como en una caminata, mientras se cocina o incluso antes de quedarse dormido. “Nos confirma que el proceso creativo se beneficia de una alternancia natural: primero dejar espacio a la divagación y luego pasar a la evaluación crítica”, añade en relación a las fases de Wallas.
Todas las profesionales consultadas coinciden: la capacidad creativa no tiene un límite biológico. “Así como ocurre con los músculos del cuerpo, la creatividad se puede entrenar y fortalecer”, asegura Delger. Según explica, aunque existen factores genéticos que predisponen a ciertos talentos, el entorno y la práctica son determinantes.
Rodearse de estímulos diversos como libros, viajes, conversaciones inspiradoras y la realización de ejercicio físico (que oxigena el cerebro y mejora la plasticidad neuronal), son algunas de las sugerencias que hace la especialista para potenciar la habilidad.
Kerestezachi añade que, en el caso de los niños, los entornos que estimulan la curiosidad y permiten el error sin castigo son fundamentales para que la capacidad creativa se desarrolle. “En la adultez es verdad que la creatividad puede disminuir, pero también puede entrenarse a través de la exposición a nuevas experiencias, la práctica de mindfulness o meditación, terapias diversas y/o la adopción de una mentalidad de aprendizaje continuo”, aconseja.
Para quienes consideran que la creatividad ‘no es lo suyo’ y se sienten bloqueados emocionalmente, la psicóloga explica que una alternativa para tratar el problema son las terapias especializadas en trauma. Estas, añade, pueden abrir el camino a una mente más flexible y creativa.
“La práctica de actividades artísticas plásticas, música y la escritura pueden ser de utilidad. Otras, como las que requieren resolver problemas como la náutica, el scoutismo o el montañismo también potencian la creatividad”, agrega Lomlomdjian.
En actos menores de cada día, aconseja:
De forma contraria, Delger hace hincapié en aquellas actividades que no la favorecen. Entre las más destacadas menciona: querer hacer varias cosas a la vez, el estrés crónico, tener rutinas demasiado rígidas sin espacios para la curiosidad, el miedo al error y el exceso de autocrítica y, por último, el aislamiento de nuevas experiencias.
Abadi informa que investigaciones recientes del Instituto Tecnológico de Massachusetts, Estados Unidos, muestran que la IA aumenta la creatividad laboral solo cuando el usuario reflexiona de manera metacognitiva, es decir, cuando piensa activamente cómo y para qué está usando la herramienta. “Si se la utiliza de modo pasivo, el efecto creativo se diluye”, añade.
“La tecnología y la IA son aliados poderosos, siempre que las usemos como herramientas y no como reemplazos”, enfatiza Delger. Para ella, aunque pueda ayudar a ampliar horizontes, generar ideas iniciales y acelerar procesos, la verdadera creatividad sigue siendo profundamente humana, porque integra emociones, intuición, contexto cultural y ética.
“La clave está en la colaboración: la máquina puede procesar datos, pero solo las personas podemos darles sentido y alma a las ideas”, concluye.
Las técnicas de los genios
¿Cuáles son los hacks que ciertos genios creativos implementaban para maximizar sus ideas? Gracias a registros bibliográficos, entrevistas y testimonios es posible recopilarlos.