Durante las últimas semanas ha aflorado un nuevo conflicto en el seno del Consejo de Cooperación del Golfo, que reúne a las seis monarquías de la Península Arábiga. En concreto, enfrenta a sus dos más poderosos miembros, Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos. Las tensiones entre ambos, que se han plasmado con la salida de Abu Dhabi de la OPEC, el cartel de países productores de petróleo, no son nuevas, sino que han ido in crescendo desde el inicio de la presente década.
Probablemente, el detonante de su estallido han sido las tensiones derivadas de la actual guerra en la región. Tan solo el tiempo dirá si se trata de una nueva rencilla de corta duración y efectos limitados, o bien si se convierte en un cisma más profundo.
En la raíz del conflicto está la competencia entre Riad y Abu Dhabi en su búsqueda de un nuevo modelo económico que les permita superar su dependencia del petróleo, así como una visión estratégica diferente sobre cómo abordar los nuevos retos aparecidos en la región, especialmente, la llegada a la Casa Blanca de un Trump dispuesto a remodelar Medio Oriente de acuerdo con los designios de Israel y la mayor injerencia de Irán en la Península Arábiga.
La ruptura entre ambos países puede resultar sorprendente para aquellos observadores que se hubieran desconectado de la región hace más de una década. Entonces, ante la amenaza que representaba la “primavera árabe» y su promesa de democratización, Arabia Saudita y Emiratos Árabes formaron un bloque tan cohesionado como activo en la creación de una especie de “eje contrarrevolucionario”.