De todas las áreas impactadas por la rápida evolución de la Inteligencia Artificial (IA) una de las que más se ha estudiado es la relacionada con sus efectos sobre el mundo del trabajo. Sin embargo, pese al volumen de informes acumulados, también es de las más inciertas, porque es muy difícil determinar los alcances de un proceso que está en progreso y que, además, no solo afecta la tarea laboral en sí, sino que también influye indirectamente al modificar los modos de producción, de distribución y de consumo. Por primera vez, los expertos corren detrás de las evidencias porque la velocidad de propagación supera la posibilidad de análisis. Y peor aún, los creadores de la IA dan señales de que la criatura se les escapa de las manos y que no pueden controlar sus efectos. La gobernanza y la seguridad se volvieron prioridades absolutas.
En este contexto vertiginoso, lo único seguro es que la IA tiene un efecto arrollador también en el mundo laboral, y que se acelerará en el corto plazo. Para los tecno-optimistas, en términos de potenciar la productividad; para los tecno-pesimistas, como vector de reemplazo de las tareas humanas. Para unos, se trata de una oportunidad; para otros, de una amenaza. En el medio, los escépticos y los expectantes.