Generoso como pocos, el fútbol brinda razones a todo tipo de razonamiento. Les entrega argumentos a quienes sostienen que ya casi no existen distancias entre los poderosos y los que, surgiendo casi de la nada, pueden con orden y buena preparación tratarlos de igual a igual. Son los que ponen de ejemplo a Cabo Verde, a Curazao o a RD Congo. Y al mismo tiempo, les regala motivos a los que insisten en que, al final del camino, serán los más expertos, los que llevan en la sangre la marca de varias generaciones de grandes jugadores y equipos, los que siempre acaban ganando.
Argelia y Jordania representan ese cruce de caminos. Si allá por los años 80, cuando todavía las miradas peyorativas prejuzgaban el valor del fútbol africano, Argelia tuvo el honor de ser junto a Camerún una de las primeras selecciones del continente en avisar que había nuevos puntos en el mapa donde empezar a fijar la vista, Jordania es uno de los países que hoy alzan la bandera de los tiempos modernos. El destino los enfrentó en San Francisco, los dos con la misma necesidad de ganar para seguir en carrera, y aunque la moneda bailó en el aire hasta muy cerca del cierre, al final acabó cayendo del lado de la historia.