Darío Silva, de cabellera platinada, instinto goleador y personalidad carismática, fue uno de los rostros más visibles de la selección uruguaya de comienzos de siglo que buscaba volver a los Mundiales, el torneo que inauguró con su triunfo en 1930.
Tras algunos sinsabores en la década del 90, que incluyeron dos eliminaciones de la competencia en Estados Unidos 94 y Francia 98, la Celeste arañó el quinto puesto en las Eliminatorias rumbo a Corea-Japón 2002 y, de la mano de Darío Silva, quien anotó el gol frente a Australia en el repechaje, volvió a la cita máxima del fútbol.
Tan sólo cinco años después, en un giro brutal, la tragedia azotó a este singular futbolista, cuando en un siniestro automovilístico que protagonizó en Montevideo quedó gravemente herido y tuvo que ser amputado de su pierna derecha, aquella que había despertado de su larga siesta al glorioso fútbol uruguayo.
En diálogo con LANACION, Luis Prats, periodista uruguayo, definió al excéntrico atacante como un “optimista del gol”. “A veces podía parecer ajeno al partido, despreocupado del resultado, pero alcanzaba que tiraran la pelota hacia su zona para que se encendiera, dejara todo por conquistarla y después buscara al arco sin pestañear. Sus goles tenían entonces el frenesí de sus corridas, el estruendo de sus apariciones. Por querer hacerlo todo en un segundo, perdió alguno que parecía hecho, pero en general si enfilaba hacia el arco, se podía preparar el grito. Era un jugador eléctrico, de movimientos veloces e impredecibles. También ágil y flexible, en su salto podía ir más arriba que las manos del arquero, lo que lo llevó a convertir muchas veces de cabeza“.
El retorno de Uruguay a la Copa del Mundo en 2002 no le fue indiferente a nadie. En un guiño del destino, el bolillero puso a los dirigidos por Víctor Púa en el mismo grupo que Francia, la defensora del título que dejaría Asia con una decepción mayúscula: les Blues fueron eliminados en la primera ronda del torneo. Parte de esa frustración fue responsabilidad del conjunto sudamericano, que tenía en Darío Silva su arma goleadora. Delantero del Málaga, Silva complementaba en el ataque a los más jóvenes Álvaro Recoba y Sebastián Abreu. A la postre, aquella terminó siendo una actuación agridulce para Uruguay.

Prats lo recuerda como un Mundial “raro” para su seleccionado, y aporta una mirada crítica sobre Silva: “Te diré que en el Mundial 2002 Darío no se destacó mucho. Fue un Mundial raro para Uruguay, donde siempre pareció cerca de lograr sus objetivos, pero nunca los alcanzaba”. En cualquier caso, esa competencia representó para toda una generación ver de vuelta a Uruguay en la primera plana del mundo frente a los rivales más poderosos. Y Silva no pasaba desapercibido.
“Darío formó parte de una generación que conoció a la Celeste uruguaya en plena época de tormentas, con algunas alegrías y varias frustraciones, además de numerosas polémicas internas. El mayor éxito fue la clasificación al Mundial de Corea-Japón 2002, un camino que se abrió con varios goles suyos. Después fue titular en los tres partidos disputados por la Copa del Mundo, aunque no pudo convertir. Aquella campaña resulta todavía hoy difícil de catalogar: se estuvo varias veces al borde de la hazaña, pero sin alcanzarla nunca”.
Sin club tras finalizar su contrato con Portsmouth de Inglaterra, la carrera de Silva terminó de manera intempestiva y forzada por el accidente que lo obligó a bajar la marcha en su frenética vida.
Con la amputación de su pierna derecha, Darío encontró la posibilidad de rearmarse y darle un nuevo sentido a su existencia. Incluso, está agradecido por el hecho de haber salido adelante, y hasta sostiene que logró adaptarse a su nueva realidad.
Años después, una audaz jugada de marketing lo puso de vuelta en el radar: en una edición del programa “Los Otros” de Movistar+, en la que se relataba la historia de jugadores que habían caído en desgracia económica, contó que trabajaba como mesero de una pizzería en Málaga, donde había triunfado como jugador en el equipo de la ciudad. “Vivo más cerca que todos los que están aquí en la pizzería. Abro la persiana, caliento el horno, me pongo a limpiar, friego el piso, los baños… A mí no me hace nada ni barrer, ni limpiar un baño».
Pese a haber firmado un contrato de 3 millones de euros por dos años en Sevilla, su tercer y último equipo en España (aparte de Espanyol y Málaga), la situación económica actual de Silva no se condice con esos ingresos.
No obstante, en 2023, en diálogo con el medio español Relevo, admitió que su labor como mesero fue un gran bluff. Según explicó, se trató de una jugada de marketing para ayudar a su amigo Antonio, quien cumplió con creces sus objetivos de darle visibilidad al negocio, ya que a partir de aquella emisión, llegaron jugadores de todas partes del mundo para comer en el afamado restaurante.
Frontal, irreverente e impulsivo, Darío tiene delineada su fecha de deceso para el 2 de noviembre de 2044, a la edad de 72 años. “No me quiero ir ni un día después ni un día antes”.
Aún dolido por el desmanejo de sus representantes con su carrera, Darío ha denunciado públicamente haber sido estafado por ellos durante su carrera, lo cual dañó su capacidad económica. Aun así, no atraviesa una situación material crítica.
Siempre polémico, en la previa de Qatar 2022, no dudó en salir a criticar a Oscar Washington Tabárez, por entonces DT de la Celeste, sobre quien dijo: “Es un inútil, nunca le ganó a nadie”. Casualmente, la carrera de Silva en Uruguay finalizó unos meses después de la asunción del prestigioso entrenador como técnico de la Selección Charrúa.
Cercano a Sergio Ramos desde sus tiempos en Sevilla, sueña con trabajar junto al que define como “el mejor defensor de todos los tiempos”. El hermano del defensor español tiene una agencia de representantes.
Actualmente, trabaja en Uruguay como scouting para el Cádiz F.C., de la segunda división de España. Desde su tierra natal, su labor es ojear a las jóvenes promesas sudamericanas con proyección europea.